Estambul, la capital de la Tierra


Cómo escribir acerca de lo que ya está todo escrito. Cómo fotografiar lo mil veces fotografiado. Llegué a Estambul de paso, en una escala larga de cinco días que tenía a Georgia como destino final. Tengo que reconocer que no fue un amor a primera vista. Pero también tengo que reconocer que, como aquellas relaciones que te acaban marcado de por vida, se acabó fraguando a través de un sinfín de pequeños detalles que me cautivaron, hasta el punto de llegar a plantearme renunciar a mis planes iniciales en el Cáucaso.

Joven fotografía Mezquita Azul desde Santa Sofía en Estambul

Bisagra entre Europa y Asia, punto de encuentro de Oriente y Occidente, fusión de mundos y culturas, cruce de civilizaciones… Es difícil referirse a la antigua Constantinopla sin caer en frases tópicas que, a base de ser repetidas, se vacían de contenido. Pero, como sucede siempre con los estereotipos, éstos siempre guardan un punto de verdad, y la capital de Turquía no es una excepción.

Estambul se construye desde una bicefalia que va más allá de su situación geográfica, una dualidad que puede parecer contradictoria, pero que no hace más que ensalzar su personalidad. Estambul es moderna, pero también puede ser tradicional. Es bulliciosa, frenética, caótica… y al mismo tiempo sabe ser silenciosa, pacífica y tranquila. Es sofisticada, pero también puede ser sencilla, incluso arcaica. Es tierra, agua y aire. Té y café. Fútbol y baloncesto. Frío y calor. Dulce y saldado. Pasado, presente… y futuro. Estambul puede ser todo lo que tú quieres que sea, menos una cosa, decepción. No puede decepcionar, a menos que el mundo entero, la vida en su esencia más pura, te decepcione.

Hombre pasa por delante de una pared azul con una bandera de Turquía

Hay lugares en el mundo que pueden morir presa de sus tarjetas de presentación, tantas veces contadas, tantas veces fotografiadas, que no pueden conducir al viajero más que a una cierta sensación de desencanto cuando se conocen. Si algo tiene Estambul son iconos turísticos, todos ellos además concentrados en un radio geográfico cercano.

No seré yo quien cometa la blasfemia de obviar Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Palacio de Topkapi o el Gran Bazar, pero la grandeza de Estambul, tanto en términos geográficos como viajeros, no se agota en Sultanahmet, el barrio donde se concentran la mayor parte de estos puntos referenciales. Identificar Estambul con cualquiera de ellos sería reduccionista, además de injusto con una gran urbe cuyo encanto se construye en las infinitas posibilidades que ofrece al viajero, más allá de las prentensiones icónicas iniciales. Una ciudad que tiene tanto y tan variado por ofrecer. Una ciudad que es todas las ciudades en una.

Vista de la catedral de Santa Sofía desde su interior.

Dicen que los antiguos mercaderes nómadas otomanos, cuando italianos, españoles y franceses les pedían describir las maravillas de su icónica capital contestaban: “Constantinopla solo puede ser descrita desde el cielo, la tierra y el agua; y el viajero que pretenda conocerla así deberá afrontarla”. Tira tu guía de viajes a la basura. Estas palabras son quizás la mejor brújula posible para abordar toda la magnitud de la capital otomana.

Estambul se debe de conocer desde el aire, visitando sus miradores de la torre Gálata o, mejor aún, los de las terrazas de la mezquita de Süleymaniye o de Pierre Lotti. Estambul se debe conocer desde el agua, cruzando el Bósforo y el Cuerno de Oro, pero no en un catamarán para turistas, sino tomando el pulso de su cotidianidad en uno de los numerosos barcos de la red de transporte público que atraviesan toda la ciudad. Pero sobre todo, Estambul se conoce caminando, gastando mucha suela, a pie de tierra, con todos los sentidos bien abiertos para dejarte atrapar por una de las ciudades más sensoriales del mundo.

Mercado mazorcas Estambul

Visita el Gran Bazar, pero seguramente verás que la vida auténtica está en los mercados de sus calles aledañas. Piérdete por Kadiköy y comprueba cómo los estereotipos de lo que a priori entendías que es un barrio árabe, se te caen como un castillo de naipes. Recupéralos si quieres en barrios más conservadores y tradicionales como Eyüp. Camina por la modernidad en Besiktas, sube a la plaza Taksim y enfila los casi tres kilómetros de Istiklal Caddesi, arteria comercial por excelencia de esta urbe infinita, que te hará dudar de si estás en París o en la puerta de Oriente.

Si continúas andando, las empinadas calles que rodean la torre Gálata pondrán a prueba la fuerza de tus piernas, pero te sobrarán cafés, teterías y restaurantes locales para retomar fuerzas y volver a sumergirte en el bullicio de sus tiendas, ordenadas por gremios de actividad.

Sigue un poco más al sur, al encuentro de la tierra con el agua, cuya conexión caracteriza la vida de Karaköy, el puente Gálata y Eminönü. Te podrás pasar horas enteras observando simplemente el ir y venir de sus pescadores, barcos y gentes que tienen animadas conservaciones sin la presión que marcan las agujas del reloj.

Chico y chica en Ferry en el Cuerno de oro en Estambul

Todo esto puede llegar a ser abrumador, como es propio de una ciudad infinita de vida frenética que alberga a más de 15 millones de almas. En contraposición sobran motivos para la calma, el sosiego y el saber estar ante tanta belleza y vitalidad. Cualquier paseo a las orillas del Bósforo es una invitación, o una excusa, para detenerse y tomar un pulso distinto a la ciudad, más centrado en el sosiego y en las estampas que pueden fijar en tu retina las vistas desde Kabatas o Üsküdar.

Pero quizás, el mejor ejemplo de cómo apreciar Estambul desde una óptica distinta, nos la dé uno de sus habitantes más ilustres, que pueblan cualquier esquina, siendo espectadores de lujo de su día a día: los gatos. Respetados y venerados, testigos inquietos de la ciudad y de sus numerosos cambios, han visto y sobrevivido al alzamiento y la caída de imperios. Nadie mejor que ellos simboliza la esencia pura de Estambul, caracterizada por estilo y personalidad a partes iguales.

Finalmente decidí continuar con la ruta original de mi viaje hacia Georgia, no sin cierta nostalgia, propia de alguien que es conocedor de que acaba de tener un encuentro fascinante.

Siempre me han parecido tramposas e injustas las preguntas del tipo cuál es tu película, libro o canción favorita, porque son tantas las posibilidades que sería estúpido quedarse con un solo título. No obstante, si tengo que escoger una ciudad predilecta, no tengo dudas, aquella de la que Napoleón Bonaparte dijo que era la “capital de la Tierra”.

(Haz “click” en la imagen para ver la galería completa)

Joven con velo y la mezquita azul de Estambul al fondo

*Tips extra:

  1. Un libro: Estambul. Ciudad y recuerdos . Novela de memorias del Premio Nobel turco Orhan Pamuk, que cuenta con fotografías de Ara Güler, del que os hablo un poco más abajo.
  2. Una película: mejor dos. Kedi es un documental que nos aproxima a Estambul desde el punto de vista de los felinos que pueblan la ciudad. En Uzak (Lejano), Estambul sirve de telón de fondo para la historia de un fotógrafo que tiene que acoger en su casa a un familiar venido del pueblo.
  3. Un fotógrafo: Ara Güler. Apodado el Ojo de Estambul ha retratado su ciudad natal como nadie, con la mirada tremendamente personal que solo los genios tienen. Hay un documental sobre su figura en Amazon Prime Video.


Comentarios (2)

  1. Diego Jambrina

    ¡Qué diferente relación tuviste con la ciudad a la mía! También es cierto que yo hice el viaje al revés: llegué de la infrapoblada Uzbekistán a la masificada Estambul. También tengo que decir que ir acompañado, y con una mujer, cambia mucho las sensaciones. Tener que separarte de ella para poder entrar en ciertos recintos te disponen a la crítica más exacerbada. A mí me costó días encontrar el encanto a esta ciudad. Se movía demasiado rápido. Me mareaba hasta tal punto que no disfrutaba con la fotografía. Pero poco a poco empecé a habituarme a su vaivén y acabé por encontrarme a gusto. Y si algún día vuelvo, será solo o no será. Ah, muy buenas fotos, sobre todo la de esta mujer, que te atrapa desde la oscuridad de su pañuelo.

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    • Juan R. Pérez

      Nuestro admirado Navia dice que «viajando dos son un grupo», para lo bueno y para lo malo. A mí es una ciudad que me apasionó, volvería una y mil veces. Abrazo Diego!

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