El vagón de los sueños


“Está usted seguro, sir?” Contesto una vez más que sí, que quiero un billete en “ordinary class”. El conserje de la estación recoge mi pasaporte, desaparece de mi vista y, al cabo de unos minutos y previo pago de 5000 kyats, aparece con un papel cubierto a mano en el que se ha garabateado algo parecido a mi nombre. Ya tengo billete.

Se tardan algo más de 10 horas en recorrer los apenas 299 kilómetros que separan Mawlamyine de Yangón (Myanmar). Mentiría si en algún momento dijese que el trayecto se hace largo. Mentiría también si dijese que en algún momento es cómodo.

Ante mí descubro un tren que parece sacado de una cápsula del tiempo y que haría las delicias del mismísimo Wes Anderson, tanto por su colorido, como por las historias que día a día sus viajeros transportan. Los vagones desvencijados conservan sus tonos originales y sus suelos y asientos dobles de madera a prueba de faquires. Es imposible que esto ande, pero lo hace, a paso lento, convulso, pero hacia delante, como el resto del país.

Cuando viajas, por mucho que te empeñes, nunca dejas de ser un turista a los ojos de los lugareños. Nada más subir al vagón sus miradas de sorpresa se clavan en mí. Aunque cada vez más acostumbrados al turismo, no es habitual que un extranjero use el tren en Myanmar y menos aún en “ordinary class”, pero estas son las pequeñas estrategias que te pueden ayudar a rascar un poco la superficie de tu destino e intuir su realidad cotidiana. Pagarás menos, sufrirás más, pero a cambio serás testigo privilegiado de un día cualquiera de la gente que comparte trayecto contigo.

Los minutos pasan, los kilómetros caen, el tren avanza, lentamente, tanto que a veces pienso que corriendo iría más rápido, presa de esa mentalidad occidental de llegar pronto a todos los sitios e, inmediatamente, pasar a otra cosa, una mentalidad que la mayor parte de las veces no te deja disfrutar de la realidad que tienes ante tus ojos y que puede ser apasionante, por diferente o por familiar. Ese es uno de los mayores placeres de viajar, el ser capaz de estar horas y horas sin hacer nada, simplemente mirando lo que sucede ante ti, de sentirte extraño ante ese devenir o, por el contrario, reconocerte en él.

De un modo u otro lo que pasa la mayor parte de las veces es esto último y el tren que lleva de Mawlamyine a Yangón es un ejemplo más. Durante el trayecto se suceden las conversaciones, los controles del revisor, los ratos muertos mirando por la ventana el paisaje salpicado de pagodas. Las innumerables paradas se convierten en punto de encuentro entre los que llegan y los que se despiden, lugares donde las vendedoras ambulantes recorren los pasillos ofreciendo comida y fruta. Y las sonrisas, Myanmar es el país de la eterna sonrisa, donde todavía éstas son auténticas y donde no es difícil gozar de una hospitalidad sincera, honesta, cosa cada día más difícil dado los tiempos que corren. Todo es igual y, a la vez, todo es distinto.

Es difícil encontrar un paréntesis de tranquilidad entre tanta vida y tantos estímulos, más aún en esos asientos infernales de madera, con un calor sofocante y con unos vagones que más que traquetear a veces saltan literalmente sobre las vías. Aún así los kilómetros y las horas pesan y donde había bullicio empieza a reinar el silencio y donde había vitalidad se abre paso el descanso en forma de sueño. Por unos instantes, ese tren y sus vagones son el habitáculo donde la gente de Myanmar transporta también sus anhelos, seguramente no muy distintos de los que podamos tener tú ó yo. El vagón de los sueños presenta incomodidades, asperezas, se mueve en un contexto convulso, imperfecto, pero aún así sus pasajeros guardan un momento de recogimiento, un momento para soñar con un futuro mejor al que tienen derecho y que, ojalá algún día no esté ausente.

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Comentarios (4)

    • Juan R. Pérez

      Muchas gracias Oliver! Me ha alegrado saber de ti. Hace tiempo que no veo noticias viajeras/fotográficas tuyas, se te echa de menos!

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